Finalizaban los ochentas y el en ese entonces Banco de Santiago vendía su tecnología en forma de Supermático, una cosa bien futurista de banca digital, antes de Redbanc y mucho antes de Internet. Para diferenciarse del resto, inventó un banco ficticio, «The Bank», que se mostraba como reputado y tradicional, pero de mala atención y de eternas filas. Y en eso, uno de los réclames muestra a una señora aproblemadísima porque hacer esa eterna cola le impide acudir puntual a un almuerzo con el jefe de su neurótico marido y de ello casi que depende su matrimonio y todo su futuro. La amiga... le sugiere cambiarse. ¿De marido?
El punto era cambiarse al Banco de Santiago y, en esos tiempos y bajo las convenciones sociales y los valores de esa época, cambiar de banco era más aceptado y factible que... cambiar de marido.
[vía]










